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Kennedy - La Conspiracion de la Mafia
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AGRADECIMIENTOS
Nadie emprende una investigación de este tipo sin la ayuda de muchas personas bondadosas. Yo he tenido la fortuna de que una serie de esos contactes hayan evolucionado hasta convertirse en amistad. Tal ayuda es indispensable, tal amistad invalorable, y yo estoy agradecido por ambas.
Mi deuda con muchas personas quedará clara en el manuscrito. De todas formas, me gustaría expresar aquí mi gratitud a otras personas que no son nombradas en el texto.
En Francia recibí un gran apoyo de viejos y nuevos amigos entre quienes se encuentran Alban y Janine Woets, Herve y Sylviane Woets, Glenn Myrent y Liza Nesselson, Yves Goustard, Jinette Denale, Bernard Grave, Phillipe Madelin, Jacques Derogy, Jean-Marie Pontaut, Claude Piquant, Eugène Saccomano, Remy Kauffer, Erwan Jourand, Marcel Couvreur, Dominique Couvreur, Jean Serres y Marie-Anne Gobin.
La dirección de la Central Télévision de Inglaterra fue generosa en su apoyo, especialmente John Creasey, Nigel Turner y Sue Winter.
Quiero también dar las gracias por los años de amistad y ayuda a mi querida amiga June Garnier.
Mi trabajo en Bélgica resultó más fácil gracias a Jean-Pierre Wauters, Thiers Thonon, René Haquem, Roger Rosart y Geert Vandevalle.
Entre las muchas personas que me ayudaron en Estados Unidos para realizar mis investigaciones se hallan Robert Borosage, Scott Armstrong, Bob Brauer, Gaeton Fonzi, Henry Hurt, Seth Kantor, Jeff Kruse, Jerry Meldon, Cari Myrent, John Marks, Mary McHale, Cari Oglesby, Jay Peterzell y Joan Schubert.
Debo un reconocimiento especial a mi investigador en Washington D.C., Glyn Wright, por su trabajo y su apoyo.
Los miembros de la DEA (Drug Enforcement Administration) se mostraron extremadamente dispuestos a ayudarme a lo largo de los últimos años. Quiero dar las gracias de forma especial a Robert Feldcamp, Bill Deak, Jacques Kiere, Paul Boulard, Tony Greco, Kevin Gallagher e Ivette, que recibió centenares de llamadas mías.
Desde el principio, toda una serie de personas creyeron en mi trabajo, y estoy en deuda con ellos. Christine Bocek estuvo conmigo desde el principio, al igual que mi agente, Bobbe Siegel y su esposo, Richard Siegel. Georges y Boris Hoffman lucharon para que el libro fuera una realidad. Joel Gottler me proporcionó inapreciables consejos.
Mención especial merecen aquellos amigos que me ofrecieron su apoyo moral, que lo es todo en los momentos difíciles. Pat Martin, Pete y Liz Dougherty, Patrice Hutchison, Ed y Eileen Brophy, Dave Kenig, Chris Wilkinson, Marta Dobriansky, Erica Goebel, Thompson Bradley, Stan Gorsky, Frank Callahan, Chirine El Khadem, Dominic Garvey, John Polito, Jean-François y Susan Couvreur y Ed Mahan, comparten este libro.
Estoy muy agradecido u quienes participaron en la preparación del manuscrito, especialmente la editora, Nina Sutton, y la traductora al francés, Edith Ochs. Jim Lesar y Mark Allen señalaron una serie de errores. Jacques Dubuisson, Annick Denoyelle y Nicolas Clarisse me ofrecieron generosamente su tiempo para ayudarme a corregir el texto. Didier Lame me proporcionó una valiosa ayuda técnica.
Otros amigos cuyo apoyo debo señalar con Gay Hennessy, Roger Kay, Susan Emory, Nellie Gonzales, Shilenen Blain, Michelle Chichester, Coppelia Padgett, Tom Quan, Doug Brignole, Mark Serrano, Lorraine Koski y Walter y Valeria Dobriansky.
Debo darle también
las gracias a mi hermano, Rich Rivele y a su familia, por su indulgencia ante
un comportamiento por mi parte que seguramente debió de parecerles extraño.
PRÓLOGO
Julio de 1988. Prisión de La Santé. París.
La discusión, que se había estado fraguando durante cuatro años, estalló en la oscura prisión de París, entre el bloque de celdas y el cuerpo de guardia. Cogidos por sorpresa, los guardias permanecieron en silencio mientras el preso, apoyado en su muleta y con la barba gris oscilando hasta la cintura, agarraba mi brazo.
-No puedes hacer
esto -jadeó asmáticamente-. Representa un tremendo peligro.
-¡Ya está hecho! -le espeté en francés.
-Entonces, te lo suplico -dijo-, quita mi nombre. Haz algo por complacerme.
Perdí el control.
-¿Y qué has hecho tú nunca por mí? -grité, y las palabras resonaron a través de la torre circular-. Te he enviado dinero, te he visitado, he testificado a tu favor y tú siempre te has negado a darme la información que deseaba.
El sacudió la cabeza de forma violenta.
-El día en que salga de aquí tendrás el sobre -insistió-. Todo lo que prometí está en él... tú lo sabes.
Era el mismo argumento que había utilizado siempre y yo estaba harto.
-No -repliqué-.
Tal vez no salgas. Tal vez el sobre esté vacío. Quiero la información
ahora.
-Tú sabes que no puedo hacer esto -suplicó-. Me matarían.
Ofrecía un aspecto verdaderamente patético. A sus cincuenta y siete años parecía tener ochenta. Aquél era su decimosexto año de prisión y tenía aún pendiente un juicio por el asesinato, cometido veintidós años antes, de un policía de París.
-Mi libro está
escrito -dije, tajante- y ha sido enviado al editor.
-Entonces deja un espacio en blanco cuando llegues a los nombres de los asesinos
-rogó.
Me reí de él.
-No habrá espacios en blanco. Lo he escrito todo.
Agarró mi brazo con más fuerza.
-Por el amor de Dios, déjame leer el libro antes de que salga -murmuró.
Mi cólera se apaciguó.
-He dedicado cuatro
años de mi vida a este proyecto -dije con toda calma-. Voy a contar esta
historia y ni tú ni nadie va a censurarme.
-Si nombras a estas personas, te matarán -dijo.
-Si no lo han hecho hasta ahora, ya no lo harán.
-Al menos déjame leer las partes que has escrito sobre mí -pidió.
-Hice un trato contigo -repliqué-. Mi manuscrito a cambio de tu sobre.
Me soltó el brazo.
-Siempre te lo
he dicho: una vez que me suelten lo tendrás todo, nombres, fechas, lugares,
todo...
-Ya es demasiado tarde para esto -le dije-. Lo quiero todo ahora.
Sacudió de nuevo la cabeza, lo que imprimió un movimiento ondulante a su barba.
-El primero de
octubre me absolverán. ¿Habrá aún tiempo para cambiar
las cosas?
-Sólo si puedes demostrarme que estoy equivocado.
Me dirigió una mirada larga y profunda.
-Muy bien -dijo-.
¿Testificarás en mi favor?
-Nunca he faltado a las promesas que te he hecho -le respondí.
Asintió.
-Entonces, hasta el juicio.
Estreché su mano.
-Hasta el juicio.
Mientras contemplaba cómo la delgada figura de aquel hombre, antaño elegante y poderoso, regresaba penosa y desmayadamente a su celda, pensé de pronto en el largo y extraño viaje que me había traído hasta aquel lugar y me había vuelto tan insensible.
Tampoco se trataba de que aquel preso mereciera demasiada piedad. Se llamaba Christian David y era un presunto asesino, un antiguo agente de espionaje y un traficante de drogas convicto. Pero, después de cuatro años de seguir sus huellas a través de las tenebrosas profundidades del crimen internacional, de descubrir vergonzosos secretos de la historia de mi país y de destruir mi familia durante aquel proceso, comprendí que ya no le necesitaba. Por primera vez desde que empecé a tratar con Christian David me sentí en paz conmigo mismo.
La información por la que peleábamos tan duramente eran los nombres de los tres hombres que dispararon contra el presidente de Estados Unidos, en la Dealey Plaza de Dallas, el 22 de noviembre de 1963.
El asesinato de John F. Kennedy es, creo, el más importante de los crímenes
no resueltos del siglo veinte. Veinticinco años después, sus implicaciones
continúan afectando a los muchos millones de personas que aún
recordamos dónde tábamos en el preciso momento en que escuchamos
la noticia.
Hace cuatro años, las ondas de aquel crimen me alcanzaron por accidente. Sin comprender bien lo que estaba emprendiendo me vi atrapado en una investigación sobre la muerte del presidente que me llevaría a recorrer medio mundo y tendría las más profundas implicaciones para mí, para mi familia y para mi comprensión de la historia de mi patria.
En 1979, un comité del Congreso de Estados Unidos llegó a la conclusión de que la muerte del presidente Kennedy era resultado de una conspiración "muy probablemente" dirigida por los jefes del crimen organizado de Norteamérica. A pesar de ello, el Gobierno norteamericano no ha hecho hasta ahora ni un solo movimiento para intentar descubrir a quienes cometieron el asesinato y nos robaron nuestra historia. Por lo que a mí respecta, no podía aceptar tal estado de cosas. Como hombre libre estaba capacitado para conocer la verdad respecto a la historia de mi país. Si mi Gobierno no se preocupaba por esclarecerla, como ciudadano me correspondía la responsabilidad de hacerlo por mí mismo.
Este libro describe el viaje largo, complejo y, en ocasiones, peligroso que siguió a tal determinación. Aunque es mucho lo que ha quedado excluido, nada de lo que contiene ha sido inventado. Sólo los nombres de dos personas han sido cambiados y, esto, con el único propósito de protegerlas.
No ofrezco ninguna teoría sino evidencias: los resultados de mi investigación, incluidos los testimonios de testigos y los nombres de quienes han sido identificados por mí como los asesinos; cómo y por quién fueron contratados; cómo asesinaron al presidente y por qué. Se trata de una evidencia que, creo yo, reclama la actuación del pueblo norteamericano.
Ésta es la historia de una investigación, de una investigación en busca de la escasa y preciosa verdad, en medio de muchos años de mentiras. Es una investigación impulsada por la creencia de que un pueblo que consiente en vivir con la mentira acerca de su historia, está condenado.
Los Ángeles, septiembre de 1988
I. ENCUENTRO FORTUITO CON LA HISTORIA, 1984
Había ido al supermercado local para comprar algunas provisiones y me detuve, como siempre, en el mostrador de libros en oferta. Allí, entre los libros de texto de saldo, se hallaba el Informe de la Comisión Warren1, sobre el asesinato del presidente Kennedy. Nunca lo había leído y, dado que sólo costaba 1,98 dólares, lo metí en el carro de la compra junto a los pañales y a las papillas infantiles. Un simple gesto, pero, como llegaría a aprender, los gestos más simples son, a veces, los más profundos.
Era el verano de 1984. Hasta entonces, no tenía teoría alguna sobre el asesinato de Kennedy. Contaba 13 años de edad en noviembre de 1963 y pronto habría de experimentar una pérdida mucho más penosa, la muerte de mi madre ocho meses más tarde. Con todo, pese a que recordaba el dolor que como norteamericanos habíamos compartido todos tras la muerte del presidente, nunca había sentido un interés especial por el caso.
Pasé las noches del largo y caluroso verano de ese año absorbido por la versión oficial de la muerte del presidente, a veces con mi hijo dormido sobre mi pecho. Después dos años de ahorros y de algún préstamo, mi esposa y yo habíamos comprado una casa en las afueras de Los Angeles. Ella era bibliotecaria en la Central Public Library, y yo era escritor independiente de guiones cinematográficos e investigador periodístico. Mientras mi mujer se iba al trabajo, yo me quedaba en casa para realizar las labores domésticas, escribir y cuidar de nuestro hijo. Disfrutaba de aquellas horas dedicadas a trabajar y a vigilar a nuestro bebé, que por entonces contaba cuatro meses. Mi propia infancia había sido muy inestable. Las experiencias de la guerra habían hecho de mi padre un alcohólico encerrado en sí mismo y mi madre era una enferma crónica. No supe hasta muchos años después de su muerte que se había convertido en adicta a los sedantes durante una de sus muchas estancias en el hospital. Esto fue lo que causó su muerte a los 39 años.
Estaba decidido a que mi hijo conociera la estabilidad y nunca careciera de amor. Y parecía estar lográndolo. Tenía 35 años y me sentía feliz: tenía una familia, una casa y una carrera razonablemente próspera.
Había dedicado los dos años anteriores a escribir mi primera novela, un amplio trabajo histórico encuadrado en la guerra civil. Había ganado ya un premio, pese a que aún no había sido publicada. Pero había disfrutado de la inmersión en la historia nacional y, durante su realización, me había sentido cada vez más preocupado por el papel que la violencia había jugado en esa historia.
El Informe Warren iba a ser simplemente una diversión.
Me sorprendió lo bien escrito que estaba, con seguridad y buen estilo. Sin embargo, cuanto más avanzaba en la historia de aquel día en Dallas, más lleno de dudas me sentía. Evidentemente, las conclusiones se establecían basándose en la idea de la culpabilidad de Lee Harvey Oswald más que en los hechos.
De vez en cuando, le leía algún párrafo a mi esposa y le preguntaba si ella lo encontraba tan extraño y poco convincente como yo. A veces me sentía perplejo, otras frustrado y otras incluso encolerizado. No se formulaban preguntas obvias, no se habían escuchado las declaraciones de testigos clave y las contradicciones no habían sido esclarecidas.
Dos puntos en especial me preocupaban. Por un lado, no creía a Lee Harvey Oswald capaz de la puntería que le atribuía la Comisión. Ni uno solo de los mejores tiradores de la nación había sido capaz de igualar su alegada habilidad2. La escasa evidencia de su destreza indicaba que, en el mejor de los casos, era un tirador mediocre que no había practicado durante muchos meses antes del asesinato3. Que hubiera podido disparar sobre un blanco móvil, en el espacio de seis segundos, con tan fatal eficacia, era simplemente increíble.
En segundo lugar, resultaba obvio, por su comportamiento tras el asesinato, que Oswald no había dispuesto de ninguna ruta de escape prevista. Tal como sugería la propia Comisión, podía haber deseado ser cogido para que su nombre pasara a la historia. Si éste hubiera sido el caso, de todas formas Oswald habría seguramente confesado el asesinato. En lugar de ello, negó resueltamente haber matado al presidente, incluso cuando yacía moribundo en el pavimento del garaje del Cuartel General de la Policía de Dallas4. La locura, por supuesto, hubiera proporcionado otra explicación, pero nadie, ni siquiera la Comisión Warren, indicó que Oswald estuviera loco. Por el contrario, todas las evidencias sobre su estado mental indicaban que era una persona lúcida, inteligente, incluso inusualmente brillante pese a su escasa educación.
Resultaba evidente que la versión oficial del asesinato del presidente era incompleta, imperfecta y profundamente insatisfactoria como documento histórico. Convencido de que no había entendido del todo lo ocurrido aquel día en Dallas, empecé a leer la literatura relacionada con el caso.
En agosto, una revista me envió a Austin para escribir una información sobre la esposa de Lyndon B. Johnson y su National Wildflower Research Center. Puesto que tenía que trasladarme a Texas, decidí efectuar el corto viaje desde Austin a Dallas para contemplar personalmente la Dealey Plaza. Intentaría también hablar con algunos de los investigadores del asesinato que vivían en aquella zona.
Mis lecturas me habían dejado la impresión de que Oswald había sido utilizado, manipulado por fuerzas que él no comprendió. Su comportamiento durante el último año de su vida sugería que no poseía el control de su propio destino, pese a que, evidentemente, creía que sí. Yo deseaba saber en qué creía Oswald que estaba implicado.
Mi segundo objetivo era francamente ingenuo. En el supuesto de que Oswald no hubiera actuado solo, deseaba hablar con alguien que tuviera conocimiento de primera mano del asesinato. Este, desde el principio, fue mi objetivo: encararme con aquellos que hubieran estado implicados en el suceso.
Volé hasta Dallas y me inscribí en un hotel de la zona de Oak Cliff, cerca de la casa donde vivía Oswald. Deseaba conocer su vecindario, aunque fuera con unos veinte años de retraso, ver por mí mismo el lugar donde había vivido y caminar por las calles por las que se había movido.
Ladybird Johnson se mostró amable durante la entrevista celebrada en
la Biblioteca LBJ. Después de nuestra conversación, le pedí
permiso para utilizar un teléfono y llamé a Marina Oswald Porter.
Su nombre y su número me los había facilitado Mary Ferrell, una
investigadora residente en Dallas, mencionada en el capítulo de agradecimientos
de Anthony Summers en su libro Conspiracy^, uno de los estudios más intrigantes
y de más profundo alcance que había leído sobre el caso.
Mary me había dicho que alabara a la viuda de Oswald y que le dijera
lo mucho que deseaba conocerla, pero era mi primera entrevista sobre el asesinato
y estaba nervioso.
La voz que me llegó a través del teléfono tenía un ligero acento ruso. Me presenté y le expliqué que estaba haciendo investigaciones para un libro que pensaba escribir sobre Oswald.
-¡Es justamente lo que todos necesitamos! -dijo con exasperación Marina-, ¡Otro libro!
Busqué torpemente una forma de retenerla en la línea. Le pregunté si podía invitarla a comer mientras yo permanecía en Dallas, ya que deseaba muchísimo hablar con ella respecto a Lee.
-Nunca llegué a saber quién era realmente -dijo-. Nunca supe qué era lo que deseaba. Recuerde que estuvimos casados apenas durante dos años y que la mayor parte de ese tiempo no lo vi.
El comentario de Marina me recordó una observación que el propio Oswald había hecho a su madre después de regresar de Rusia: "Ni siquiera Marina sabe por qué he regresado a Estados Unidos."
A mi llegada a Dallas desde la Biblioteca LBJ, me encaminé directamente a la Dealey Plaza. Mi primera impresión fue la de sorpresa por lo pequeño que era aquel lugar. Me pareció el sitio perfecto para una emboscada, rodeado como estaba, por tres de sus lados, por edificios de oficinas y con el extremo abierto rematado por un puente del ferrocarril. Una vez en el centro de la plaza, una víctima no tendría escapatoria.
El 22 de noviembre de 1963, el automóvil del presidente había trazado un ángulo recto en la esquina noreste de la plaza. Su velocidad fue reducida por lo pronunciado del giro desde la calle Houston hacia la de Elm y luego por el lento descenso hacia el paso inferior bajo el puente. Desde los edificios a ambos lados del ángulo, igual que desde el puente o desde la pequeña elevación de la derecha, conocida como el montículo de hierba, los tiradores ocultos hubieran podido coordinar su fuego con una buena cobertura y una considerable oportunidad para escapar.
Trepé por el montículo de hierba, donde la mayoría de testigos y de críticos de la Comisión Warren suponía que había estado el tirador fatal, y rodeé lo que quedaba de la valla de estacas de madera. Tendría que haber sido un hombre muy osado para disparar desde allí, reflexioné, con un aparcamiento a sus espaldas y visible por arriba desde la torre de control del ferrocarril.
Sin embargo, por las evidencias que había leído, parecía cierto que había estado allí. El barro en el que algunos testigos habían visto docenas de huellas de pisadas a raíz del asesinato, había sido reemplazado por asfalto, pero algunas de las estacas originales estaban aún en su lugar. Desde este punto, a apenas unos treinta metros del automóvil, un francotirador profesional no podría haber fallado.
Crucé la plaza en dirección al Depósito de Libros Escolares de Texas, donde Lee Harvey Oswald había estado trabajando. Los primeros pisos eran oficinas de empleados municipales. Me presenté a una recepcionista como un escritor independiente que había recibido el encargo de escribir una historia de los años sesenta. ¿Era posible -le pregunté- ver el sexto piso, desde donde Oswald disparó contra el presidente Kennedy?
La joven recepcionista me dio la respuesta habitual: los pisos superiores no eran accesibles al público. Insistí en que debía tomar algunas fotografías para mi revista. Me dedicó una mirada llena de dudas y me encaminó hacia una mujer de más edad. Ambas acabaron por admitir que nunca habían visto el famoso piso y se mostraron encantadas de tener una excusa para visitarlo. El ascensor no funcionaba, de forma que los tres subimos por las escaleras.
El sexto piso estaba abierto y desierto, las cajas de libros entre las que trabajaba Lee Oswald habían desaparecido. Se trataba de un almacén amplio y vacío, atravesado por los azules rayos de luz que penetraban por las ventanas que daban a la plaza.
Caminé hacia la ventana de la esquina sudeste y durante varios minutos permanecí en el lugar desde el que se suponía que Oswald había disparado. Me agaché, tal como se pensaba que él había hecho y levanté la ventana unos 45 centímetros. Había llevado conmigo una cámara fotográfica con un objetivo de 200 mm, más o menos equivalente al teleobjetivo de cuatro aumentos montado en el rifle de Oswald. A través de la ventana abierta, tomé varias fotografías de los automóviles que pasaban, captando las perplejas miradas hacia arriba de los visitantes de la plaza.
No era un mal lugar para un tirador, pero no era precisamente el mejor. Había el problema del roble que crecía a la derecha y la distancia existente una vez que el automóvil hubiera pasado por debajo del mismo. Si yo hubiera sido el tirador, me habría instalado en la ventana del extremo sudoeste o, mejor aún, en el edificio Dal-Tex, al otro lado de la calle Houston.
Mostré a las dos mujeres el lugar donde se suponía que Oswald había escondido su rifle, entre algunas cajas de cartón en la parte trasera, y luego seguí con ellas su ruta de escape por las escaleras de madera, situadas en el lado contrario al de los ascensores.
Mientras descendíamos apresuradamente y cada uno de nuestros pasos resonaba en el destartalado hueco de la escalera, me pareció imposible que Oswald hubiera llegado al segundo piso sin ser detectado. En el mejor de los casos, hubiera estado sin respiración. En lugar de ello, lo hallaron bebiendo con tranquilidad una Coca-Cola menos de dos minutos después del tiroteo. Los gestos más sencillos son a veces los más profundos: depositar unas monedas en una máquina expendedora menos de dos minutos después de la ejecución pública del presidente de Estados Unidos es algo que sugiere que Oswald no sabía lo sucedido, ni sospechaba lo que aquello significaba para él, ni para nadie.
Les di las gracias a mis dos acompañantes y me marché.
Aquella noche visité a Mary Ferrel en su casa del norte de Dallas, que
había transformado en museo y biblioteca del asesinato. Mujer de unos
sesenta años, cordial y enérgica, me recibió en la puerta
igual que si yo hubiera sido un viejo amigo.
Mary emprendió mi educación sobre el caso con un celo increíble. En pocos instantes, tanto yo como el sillón donde me aposentó estábamos repletos de informes, libros, fotos y copias de documentos con el sello de SECRETO. Bastaba, según descubrí, que expresara el más ligero interés por algún punto para provocar una tormenta de información, que Mary sacaba de escritorios, mesas y estanterías dispersos por toda la casa. En el curso de una reunión de diez horas, me proporcionó una experiencia sobre el asesinato que a mí me habría costado meses adquirir.
Mientras me llevaba a lo largo de veinte años de investigaciones, Mary Ferrell salpicaba sus palabras de exclamaciones, gritos, miradas y amplios gestos de sus brazos. Me sentía apabullado por sus conocimientos y por su entusiasmo. Sólo sus archivos sobre Oswald cubrían virtualmente todos los días de su último año de vida, en algunos casos hora a hora.
Dejé la casa de Mary Ferrell, al amanecer, en un estado de intoxicación informativa. Había sido bombardeado con muchísimo más material del que podía absorber, pero salí con una amplia gama de contundentes impresiones. La mayor era que lo indicado por mi instinto respecto a Oswald había resultado ser correcto: casi con toda seguridad había sido manipulado por poderosas fuerzas que él no llegó a entender. No sabía aún cuáles eran esas fuerzas, pero parecía obvio que el caso era muchísimo más complejo de lo que yo había imaginado.
A partir de mis primeras y provisionales exploraciones en la zona de Oak Cliff,
en Dallas, algo quedó claro: Oswald había sido el tipo de persona
venida a menos, acostumbrado a la pobreza, a la improvisación y a la
decrepitud. La suya era verdaderamente una vida triste y sombría. Después
de dos años de defección de Estados Unidos, que yo ahora consideraba
sospechosa, había regresado con una esposa rusa y una hija a las calles
mal pavimentadas, a las casas de huéspedes y a los patios cochambrosos
del sur de Dallas.
Al día siguiente caminé desde mi hotel hasta los diversos lugares donde Oswald había vivido. Llegué finalmente a la pensión de Beckley Street, donde había pasado sus últimas semanas de vida bajo el nombre falso de O. H. Lee.
El día era húmedo y gris y amenazaba con descargar una tormenta. Al aproximarme a la casa vi a una anciana y a dos hombres sentados en el porche. Les j pregunté si aquél era el 1026 de North Beckley. Los dos hombres me miraron ceñudos.
-Supongo que va en busca de Lee -preguntó la mujer con no disimulado disgusto.
Les expliqué que era de California y que estaba escribiendo un libro sobre Oswald.
-Usted y todo el
mundo -me escupió.
-¿Es posible echarle un vistazo a su habitación? -pregunté.
-Esto es algo que debe pagarse -dijo la anciana.
Estaba preparado para pagar una pequeña propina por el privilegio, pero cuando me indicó que se trataba de cien dólares, di las gracias pero rechacé el trato. Luego le pregunté cuál había sido su habitación. Ella señaló un estrecho anexo en el lado derecho de la casa. Resultaba difícil de creer. Por lo que podía I ver, la habitación era apenas bastante grande para contener una cama. En sus últimos días, Oswald se había visto reducido a casi nada; un lugar donde yacer antes I de su prematura muerte, y nada más.
El cielo se oscurecía y el viento aumentaba. Me apresuré y luego me puse a correr mientras caía una intensa lluvia caliente y los truenos resonaban con estrépito sobre la ciudad. Llegué a mi hotel empapado y más impresionado que nunca por la extraña vida que Lee Oswald había llevado en aquella ciudad, que tan solóle I había adoptado en la muerte.
La decisión de matar a Kennedy, según declaraba la Comisión
Warren, fue tomada por Oswald la noche antes del asesinato, después de
una discusión con su esposa. La Comisión concedía gran
importancia al hecho de que aquella mañana Oswald transportara al Depósito
de Libros unas barras para cortinas, aunque la única evidencia demostraba
claramente que aquel paquete no pudo haber contenido el rifle6. Con todo, el
fusil apareció en el Depósito de Libros.
A partir de aquí, el proceso de la Comisión hacia la actitud de consideran Oswald como el único asesino se desarrolla hasta llegar a su tajante conclusión.El que no hubiera sido visto por ningún testigo fiable en el sexto piso del Depósito -desde el que la Comisión decidió que habían sido efectuados todos los disparos-, no supuso ninguna diferencia7. El que hubiera sido visto en otros lugaresdl forma que resultara imposible que fuera el asesino, se ignoró igualmente. El que los disparos se oyeran como procedentes de la parte frontal del automóvil del presidente por más de la mitad de los testigos presentes en la Dealey Plaza fue cuidadosamente olvidado8. Y el hecho de que los médicos que atendieron al moribundo presidente declararan que los disparos que le alcanzaron habían penetrado en su cuerpo por delante, fue borrado de los registros9.
Dentro de la hora siguiente al asesinato se supone que Oswald dio muerte a un policía de Dallas, J. D. Tippit, a un kilómetro y medio de su pensión. Sin embargo, la evidencia sugiere con gran fuerza que no pudo haber llegado a aquel lugar en el momento en que Tippit fue asesinado. Según las descripciones iniciales que los testigos hicieron de la persona del asesino, éste no se parecía a Oswald, las bases sobre las que fue identificado eran irrelevantes y las pruebas balísticas de su revólver no pudieron probar que ésta hubiera sido el arma homicida10.
Todos estos puntos podrían haberse esclarecido en el juicio a Oswald, pero tal juicio nunca se celebraría. Dos días después de la muerte del presidente, Oswald también fue asesinado en los sótanos del Departamento de Policía de Dallas. El asesino fue el propietario de una sala de fiestas llamado Jack Ruby, hombre conocido de la policía y cuyos lazos con el crimen organizado se remontaban a su infancia. Su angustioso testimonio ante la Comisión sólo sirvió para hacer más profundo el misterio. A pesar de que pidió repetidamente que se le trasladara a Washington para testificar, insistiendo en que su vida corría peligro en Dallas, la Comisión se mantuvo inamovible en su decisión de no conceder tal solicitud. Jack Ruby moriría de cáncer cuatro años más tarde, aparentemente sin haber contado su historia a nadie11.
Lee Oswald fue asesinado poco antes de cumplir los veinticuatro años.
Pese a su juventud, poseía un largo y complejo historial. Aseguraba que
su conversión al marxismo empezó de niño, durante una breve
estancia en Nueva York12. No obstante, a los diecisiete años se alistó
como voluntario en el Cuerpo de Marines, lo que difícilmente parecía
la acción más lógica en un comunista convencido. A partir
de este momento, según parecía, allí donde iba Oswald el
misterio le acompañaba y a cada giro que daba su vida las reglas normales
del comportamiento quedaban en suspenso.
Como infante de marina, sirvió en una base secreta de U-2 en el Japón, un centro de actividad de la CÍA. Era aquélla una época en que los vuelos de los U-2 sobre la Unión Soviética se encontraban entre los secretos más celosamente guardados de la CÍA13. Oswald, que trabajaba en el apoyo mediante radar a los vuelos, tenía acceso a información técnica altamente secreta14. Aunque, de acuerdo con el Gobierno, poseía la más baja de las autorizaciones de seguridad15.
Durante el mismo período, estuvo asociado con sospechosos de actividades comunistas de la zona, pese a lo cual no se tomó ninguna medida en su contra16. Asimismo, estudiaba ruso en el cuartel y estaba suscrito a publicaciones soviéticas, sin que sus superiores levantaran siquiera una ceja en un mínimo gesto de extra-ñeza.
Cuando aún le faltaban varios meses de servicio, Oswald solicitó su prematuro licénciamiento por causa de sus necesidades familiares. Aseguró que era el único soporte de su achacosa madre, cuando todas las evidencias indicaban que ésta se sostenía por sí misma y gozaba de buena salud17. A pesar de ello, obtuvo rápidamente la licencia y, menos de una semana después, se hallaba camino de Moscú para desertar.
La narración de la Comisión Warren sobre el período crucial en la vida de Lee Oswald era sencillamente increíble. Resultaba evidente que él no había tenido suficiente dinero para viajar a la Unión Soviética, sin embargo los fondos aparecieron. Los plazos de tiempo de este viaje eran también fuente de problemas. Los sellos del pasaporte estaban en conflicto con las supuestas disposiciones para su viaje y no parecía posible que pudiera llegar a Moscú en la fecha señalada con el itinerario que le atribuía la Comisión18.
Una vez en Moscú, Oswald se dirigió directamente a la Embajada de Estados t Unidos para entregar su pasaporte y anunciar que pretendía conseguir la ciudadanía soviética. Añadió que se disponía a proporcionar a los soviéticos la información secreta que había obtenido como marino. Luego se esfumó durante seis semanas19. Pese a ello, la Comisión asegura que la KGB jamás le interrogó o se reunió con él y que, en realidad, no mostró ningún interés por él20.
Durante unos dos años, Oswald desapareció en las entrañas del estado soviético, con alguna aparición ocasional. Algunos turistas occidentales le encontraron durante sus viajes, y algunos de ellos le hicieron instantáneas que llegaron hastt los archivos de la CÍA21. Trabajó en una fábrica de Minsk, disfrutó de un salario hinchado y de un estipendio del Gobierno soviético, y se casó con Marina Prusa-kova, sobrina de un coronel de la policía secreta22.
El último y más sorprendente capítulo de la odisea rusa de Oswald se refiere a sus esfuerzos para regresar a Estados Unidos. Aunque el director del FBI, J. Edgar Hoover había escrito personalmente un memorándum avisando de que un impostor podría estar utilizando el certificado de nacimiento de Oswald, el Departamento de Estado se había, incomprensiblemente, olvidado de señalaren cha de Oswald el hecho de que era un riesgo para la seguridad23. Y, cuando el futuro asesino oficial exigió su derecho a regresar a Norteamérica con su esposa y su hija, el mismo departamento decidió que era de interés nacional que así lo hicr por lo hiciera, por lo que llegó incluso a pagarle el viaje de regreso.
De nuevo en Estados Unidos, Oswald siguió siendo tratado como un caso especial. De acuerdo con la Comisión, nadie de los servicios de inteligencia de Estados Unidos se reunió con él para hablar respecto a su defección y su estancia de dos años en Rusia, y eso en una época en que todos los turistas que regresaban de la Unión Soviética eran rutinariamente interrogados.
Los restantes diecisiete meses de la vida de Lee Oswald estuvieron llenos de incongruencias. Entró a trabajar en una empresa de revelado de fotografías cuyo supervisor era un graduado del Instituto de Idiomas de la Defensa y veterano de la Agencia de Seguridad del Ejército que hablaba perfectamente el ruso. A pesar de sus antecedentes como desertor y de haber sido licenciado deshonrosamente del Cuerpo de Marines, Oswald estuvo trabajando en un laboratorio que revelaba mapas secretos y fotografías aéreas para los militares.
Entre sus pocos amigos, durante este período, se encontraba un hombre que tenía importantes conexiones con los servicios de espionaje de diversas naciones y que estaba en contacto con un agente de la CÍA, a quien pasaba informes de sus viajes por el Tercer Mundo. Había estado, por ejemplo, en una excursión a pie por América Central que le había llevado por la zona de la Bahía de los Cochinos, poco antes de que se lanzara la invasión a través de la misma24.
El campo más fértil de improbabilidades, de todas formas, fue el de las actividades políticas durante aquel período. A pesar de que oficialmente era un izquierdista partidario de Castro, se asociaba casi exclusivamente con grupos anticastris-tas. Durante la época en que distribuía folletos de su inexistente grupo para el Juego Limpio con Cuba, en Nueva Orleans, ofrecía sus servicios a los exiliados an-ticastristas. El remite impreso en los folletos correspondía al de un antiguo agente del FBI cuyo trabajo de investigación consistía en reunir datos de las organizaciones de izquierdas. Después del asesinato, cuando el FBI investigaba a aquel hombre, el informe al respecto apareció tergiversando su dirección para disimular su conexión con los folletos de Oswald25.
La lucha y el arresto que se produjo durante el reparto de folletos por parte de Oswald fue una farsa. En la cárcel, en lugar de solicitar la presencia de un abogado o de un agente de Juego Limpio para Cuba, Oswald pidió y recibió la visita de un agente del FBI. En verdad, durante todo aquel período estuvo en contacto con agentes del FBI, e incluso llevaba el nombre y el número de uno de ellos en su agenda. Cuando el FBI entregó el contenido de la misma a la Comisión Warren para su investigación, éste era el único nombre que faltaba26.
Aún más problemático fue el hecho de que durante las semanas anteriores al asesinato Oswald apareciera en la oficina del FBI en Dallas y solicitara ver a un agente. Cuando se le indicó que aquel hombre no podía recibirle, él sacó una carta, se la entregó al recepcionista y le pidió a éste que se asegurara de que el agente la viera. En las horas que siguieron a la muerte del Presidente, aquel agente llamó la atención de su superior acerca de aquella carta. Este se enfureció y ordenó que la carta fuera destruida. El agente la hizo pedazos y la arrojó a un retrete.27
El misterio de Oswald se vuelve más profundo al finalizar el verano de 1963 y comenzar el otoño. A pesar de su indudable pobreza, se permitía el lujo de poseer un apartado de correos. Allí, aparentemente, recibió el rifle que se supone utilizó para matar a John Kennedy. Aquel fusil italiano era una reliquia de guerra, de 13 dólares, que tenía la reputación de explotar en las manos de quienes lo disparaban: la última de las armas que uno eligiría para cometer un asesinato28.
Luego se produjo un inexplicable viaje a Ciudad de México. Este fue un rompecabezas al menos a tres niveles. Primero, se desconoce por qué fue o qué pudo hacer allí. Segundo, durante su ausencia alguien le suplantó en Estados Unidos. Tercero, es probable que alguien pretendiera hacerse pasar por él en México.
Oswald acudió, de forma ostensible, a solicitar un visado a la Embajada de Cuba para viajar a La Habana. Aunque los informes sobre su aparición en la embajada fueron tan contradictorios que resultó imposible saber si de hecho fue Oswald quien presentó la solicitud. La mujer que recibió su formulario desapareció, tras el asesinato, a manos de la policía de seguridad mejicana y fue con toda evidencia sometida a un aterrador interrogatorio. El cónsul cubano con quien conversó el solicitante describió a un hombre bastante distinto de Oswald y no consiguió identificarle en las fotografías29.
Mientras aquello sucedía, alguien viajaba por la campiña tejana utilizando la identidad de Oswald y realizando toda una serie de gestos comprometedores en su nombre. En un club de tiro, disparó contra los blancos de los tiradores próximos a él y montó todo un espectáculo con su carabina italiana. Tenía una mira telescópica montada en el fusil, con el nombre de Oswald grabado en su estuche Alardeó ante un comerciante de coches de que pronto tendría suficiente dinero para comprarse uno nuevo, y tomó otro para realizar una prueba de conducción a ciento cincuenta kilómetros por hora, a pesar de que el auténtico Oswald nunca había tomado clases de conducción. Finalmente, proclamó que sería necesario regresar a Rusia para conseguir un buen automóvil.
Poco después del asesinato, el FBI preguntó a la CÍA si ésta tenía alguna fotografía de Oswald. En respuesta a aquella petición, la Agencia envió varias instantáneas de un hombre a quien habían fotografiado en secreto junto a las embajadas de Cuba y la Unión Soviética, en México, en setiembre de 1963. Se trataba de un ] hombre grande, fornido, con el pelo cortado al estilo militar y de unos treinta y cinco años que, sin duda, no era Lee Oswald.
Y la Agencia no sólo le había identificado como Lee sino que, además, tenía grabaciones de su voz, hechas a través de los micrófonos escondidos en las embajadas cubana y rusa. En éstas, el hombre afirmaba que era Lee Harvey Oswald, a pesar de que, al contrario que el Oswald auténtico, hablaba un ruso muy deficiente. Cuando los agentes del FBI escucharon las cintas, se mostraron unánimes en que aquella voz no era la de Oswald. La existencia de estas cintas no fue conocida hasta 1976, cuando la CÍA proclamó que habían sido borradas como un sistema habitual de ahorro30.
En un informe de 1964 acerca de este hombre, la CÍA insistió en que no sabía de quién se trataba y luego aclaró que había muerto. El hecho de que había sido, confundido con Oswald resultaba evidente, pero su identidad permaneció como un misterio. Los estudiosos del asesinato dieron en referirse a él como al Hombre Misterioso de Ciudad de México.
El Oswald real, entretanto, permanecía en un hotel barato de la misma ciudad. Luego regresó desde México al desempleo y a la estrechez material en Texas. Estaba separado de su esposa, Marina, que vivía con una amiga en un barrio de Dallas. Alquiló la habitación de la pensión bajo un nombre supuesto y buscó un trabajo. A través de un conocido del amigo de Marina, encontró un trabajo como encargado de cumplimentar los pedidos en el Depósito de Libros Escolares de Texas, aunque aquello significaba despreciar un puesto mejor pagado en el aeropuerto de Love Field. El por qué el raído Oswald hizo tal elección era algo difícil de entender. De cualquier forma, cinco semanas antes de la prevista visita del pre-l sidente Kennedy a Dallas, Oswald empezó a trabajar.
Entre todos estos misterios, la pregunta que más seguía preocupándome
era la relacionada con los movimientos de Oswald inmediatamente después
del asesinato.
Vistos superficialmente, estos movimientos no tienen ningún sentido. Se dijo que había huido por la ventana del sexto piso del Depósito de Libros Escolares, a pesar de que, después de haber matado al presidente, escondido el rifle y descendido cuatro pisos a toda prisa y sin ser visto, fue interrogado por un policía de Dallas en el comedor del segundo piso noventa segundos más tarde. Cuando el policía le vio, Oswald no respiraba precipitadamente ni mostraba señales de pánico, se limitaba a beber una Coca Cola.
Después de haber salido del Depósito de Libros sin ser visto, Oswald caminó unas siete travesías en dirección este, a lo largo de Elm Street, cogió un autobús que se dirigía al oeste y que, por lo tanto, volvió a llevarle a la escena del crimen. Cuando el autobús quedó atascado en medio del agolpamiento de coches de la policía, Oswald lo abandonó y caminó varias travesías en dirección a la terminal de los autobuses Greyhound, donde detuvo a un taxi. De acuerdo con los testigos, entró en el taxi y luego, increíblemente, se lo ofreció a una anciana. Cuando la señora puso alguna objeción, Oswald ordenó al taxista que le llevara hasta su habitación en Oak Cliff.
Pero, en lugar de dejar el taxi junto a su habitación en Oak Cliff, continuó en él otras cuatro manzanas y luego lo dejó. Según se ha informado, corrió hacia su habitación, entró en ella apresuradamente, cogió una chaqueta y salió de nuevo, para permanecer algunos minutos al otro lado de la calle esperando un autobús. Dado que no aparecía ningún autobús Oswald empezó a alejarse a toda prisa.
Lo siguiente que sabemos del asesino es que dispara y mata a un agente de policía, Tippit, y luego huye al interior de un cine, donde lo detienen tras un forcejeo.
Todas estas notables andanzas confirmaban aún más mi primera impresión: Lee Oswald no tenía ningún plan para escapar de la escena del asesinato. No tenía ningún coche esperándole; verdaderamente ni siquiera sabía conducir. En apariencia no tenía cómplices que le ayudaran en su huida y no tenía siquiera en mente una ruta para salir del edificio.
¿Acaso un asesino a sangre fría se hubiera entretenido en comprar un refresco y se hubiera enfrentado fríamente con un policía con el arma dispuesta, poquísimos minutos después de su crimen? ¿Hubiera contado con el transporte público para huir de la escena y, después de haberlo logrado, tomaría un autobús en la dirección equivocada? Finalmente, ¿se ofrecería un asesino presidencial en plena huida a ceder su taxi a una anciana?
Las encuestas a lo largo de los años mostraron que la mayoría
de los norteamericanos nunca aceptaron la versión oficial del asesinato.
En 1977, el Congreso reabrió la investigación. Dos años
más tarde, el Comité de Asesinatos del Congreso informó
que el del presidente era probablemente resultado de una conspiración.
El Comité había aplicado nueva tecnología al estudio de las evidencias físicas. La famosa instantánea del tiroteo tomada por Mary Moorman, una espectadora, pareció revelar la presencia de un posible tirador detrás de la valla del montículo de hierba. Nuevas pruebas acústicas indicaban también que los disparos habían procedido de aquella dirección.
Tal vez lo más importante era que el Comité había revisado e interpretado de nuevo las pruebas relacionadas con el crimen organizado y las actividades de espionaje que rodeaban el asesinato. Concluyó que la fuente más probable del complot para asesinar al presidente era la dirección de la Mafia norteamericana. Estos hombres, los jefes de los grupos de Chicago, Florida y Nueva Orleans, habían sido señalados por los Kennedy como objetivos en su guerra contra el crimen. El Comité observó que tenían medios, motivos y oportunidades para haber asesinado al presidente.
Pese a todo, el Comité del Congreso no hizo gesto alguno para procesar a los responsables, mientras que sus consejeros legales determinaban que aquello no formaba parte de su mandato. Más aún, pese a que había sido demostrada la existencia de una conspiración, la prensa y el Departamento de Justicia ignoraron terminantemente el trabajo del Comité y permitieron que sus conclusiones durmieran en el olvido.
Creo que un pueblo libre debe conocer la verdad acerca de su historia. De lo contrario se arriesga a perder su libertad. El hecho de que no conociéramos quién asesinó al Presidente, o por qué lo hizo, era una amenaza mayor a nuestra seguridad nacional que cualquier enemigo externo. Con todo, nadie dentro del Gobierno actuó para corregirlo. Al margen de algunos investigadores independientes, nadie siguió el caso.
Considerando tales circunstancias sentí que me resultaba imposible permanecer al margen.
La tormenta de Dallas impidió que me reuniera con Gary Shaw. Se trataba
de un arquitecto que vivía a unos ciento cincuenta kilómetros
al sur de la ciudad y había dedicado casi veinte años al estudio
del asesinato. Mary Ferrel habló muy elogiosamente de él como
investigador y como caballero, y yo había previsto visitarle en su casa.
En lugar de ello, tuve que conformarme con una larga conversación telefónica
mientras la lluvia seguía cayendo.
Gary Shaw estuvo de acuerdo con mis sospechas de que Oswald había sido una especie de agente de los servicios de inteligencia mientras estuvo con los Marines y que había desertado hacia Rusia bajo órdenes.
-Creo que era un agente de muy bajo nivel -dijo-, que tenía una visión exagerada de su propia importancia.
Gary sugirió que Oswald podía haberse presentado voluntariamente para servicios de espionaje cuando ingresó en los Marines. Sostuvo que Oswald nunca había sido un auténtico marxista. Toda la charada de tendencias izquierdistas, creía él, había estado destinada desde el principio a cubrir sus intenciones reales, que eran firmemente patrióticas.
Pregunté a Gary acerca de los movimientos de Oswald tras el asesinato, y éste sugirió que Oswald se había dirigido al encuentro de algún tipo de contacto. Luego me remitió a la carta dejada por Oswald en la oficina del FBI en Dallas semanas antes del asesinato.
-Fuera cual fuera el asunto en que Oswald estaba implicado -dijo Gary-, creo que descubrió el complot para asesinar a Kennedy. Pero cuando intentó avisar a las autoridades acerca de ello, no comprendió que éstas ya estaban enteradas.
Tardé unos instantes en captar esta idea. Le pregunté entonces a Gary si estaba sugiriendo realmente que agentes del Gobierno de Estados Unidos habían estado implicados en el asesinato. El me contestó que existía una posibilidad.
Luego le pregunté si, en su opinión, había alguien con quien pudiera hablar y que poseyera conocimiento de primera mano sobre la conspiración para asesinar al presidente.
Me dio tres nombres: los de dos norteamericanos y un francés. El francés se llamaba Christian David.
Respecto a David, Gary dijo algunas cosas. Primero, que había comprobado la estancia de David en el Congo Belga a principios de los años sesenta, en relación con el plan de la CÍA para asesinar al primer ministro Patricio Lumumba. Le habían dicho, me indicó, que David era un asesino de la CÍA cuyo nombre en clave era el de WI/ROGUE. Gary estaba también convencido de que David había sido fotografiado en la Dealey Plaza, tras el asesinato, con un atuendo de vagabundo, uno de los tres que fueron arrestados escondidos en una cercana casilla del ferrocarril.
Le pregunté cómo podía entrar en contacto con David y los otros dos. Gary no tenía ni idea de dónde podían estar los norteamericanos, pero pensaba que David estaba en la prisión federal de Atlanta, cumpliendo una condena por tráfico de drogas. Añadió que le había escrito varias veces sin obtener respuesta. Cuando le dije que intentaría escribirle en francés, Gary me deseó suerte.
-Es un tipo duro -me dijo.
NOTAS
ENCUENTRO FORTUITO CON LA HISTORIA, 1984
1. Report of the
Warren Commission on the Assassination of President Kennedy. New York: McGraw-Hill,
1964. (En adelante, RWC).
2. Roffman, Howard, Presumed Guilty: Lee Harvey Oswald in the Assassination
of President Kennedy. Cranbury, N. J.: Associated University Presses, 1975,
p. 228. Véase también: Meagher, Sylvia, Accessories After the
Fact: The Warren Commission, the Authorities and the Report. New York: Bobbs-Merrill,
1967, pp. 106-110.
3. Roffman, op. cit., pp. 232-246. También: Meagher, op. cit., pp. 131-133.
4. Summers, Anthony, Conspiracy. New York: McGraw-Hill, 1980, p. 137.
5. Summers, Anthony, Conspiracy. New York: McGraw-Hill, 1980.
6. Roffman, op. cit., pp. 162-174. También: Meagher, op. cu., pp. 45-64.
7. Roffman, op. cit., pp. 175-188. También: Meagher, op. cit., pp. 64-69.
8. Hurt, Henry, Reasonable Doubt: An Investigation into the Assassination of
John F. Kennedy. New York: Holt, Rinehart and Winston, 1985, p. 111.
9. Ibid., pp. 52-53. También: Meagher, op. cit., pp. 157-165.
10. Meagher, op. cit., pp. 253-282. También: Hurt, op. cit., pp. 143-158.
11. Summers, op. cit., pp. 455-456.
12. RWC, p. 364.
13. Epstein, Edward Jay, Legend: The Secret World of Lee Harvey Oswald. New
York: McGraw-Hill, 1978, p. 66. Véase también: Summers, op. cit.,
pp. 144-145; 157.
14. Summers, op. cit., pp. 156-157. También: Epstein, op. cit, p. 118.
15. Véase: The Final Assassinations Report: Report of the Select Committee
on Assassinations, U.S. House of Representatives, New York: Bantam, 1979, pp.
279-280. (Hereafter referred to as HSCA.)
16. Epstem, op. cit., pp. 71-7 2. También, Summers, op. cit., p. 146.
17. Véase por ejemplo: McMillan, Priscilla Johnson, Marina and Lee. New
York: Hatper & Row, 1977, p. 80. También: Anson, Robert Sam, "They've
Killed the President!" New York: Bantam, 1975, p. 158.
18. Meagher, op. cit., pp. 329-331.
19. /bid., pp. 331-332.
20. RWC, p. 245 et passim; p. 587.
21. Summers, op. cit., pp. 210-215.
22. Hurt, op. cit., pp. 216-217.
23. Ibid., pp. 398-399. Summers, op. cit., p. 409.
24. Summers, op. cit., pp. 225-228. También: Epstein, op. cit., p. 177
et passim.
25. Summers, op. cit., p. 321.
26. HSCA, pp. 232-233.
27. Summers, op. cit., p. 396. También: HSCA, p. 245.
28. Meagher, op. cit., pp. 100-104.
29. Summers, op. cit., p. 374.
30. Ibid., pp. 381-386.